Haz lo que quieras de mí,
Señor; tú el Alfarero,
yo el barro soy. Dócil
y humilde anhelo ser;
cúmplase siempre
en mí tu querer.
Haz lo que quieras de mí,
Señor, mírame y prueba mi
corazón. Lávame y quita
toda maldad para que
tuyo sea en verdad.
Haz lo que quieras de mí,
Señor, cura mis llagas
y mi dolor. Tuyo es,
Oh Cristo, todo poder:
Tu mano extiende
y sana mi ser.
Haz lo que quieras de
mí, Señor, del Paracleto
dame poder. Dueño absoluto
sé de mi ser, que
el mundo a Cristo
pueda en mí ver.
La verdadera fe se manifiesta en una disposición humilde a someterse a la dirección de Dios. Reconocer que somos 'barro' en sus manos no es una disminución de nuestra dignidad, sino una afirmación de nuestra dependencia de su gracia y poder transformador. La voluntad de Dios, aunque a veces incomprensible, siempre es buena y perfecta, y confiar en ella nos conduce a una vida de paz y propósito.
"El espíritu de este cántico encuentra eco en Romanos 9:21, donde el apóstol Pablo, hablando de Dios, declara '¿No tiene el alfarero derecho sobre el barro para hacer de la misma masa un vaso para honra y otro para deshonra?'. Esta imagen del alfarero y el barro ilustra la soberanía de Dios en la vida del creyente y la necesidad de una entrega total a su voluntad formativa. Así como el barro en manos hábiles puede transformarse en una obra de belleza y utilidad, el corazón humano, moldeado por el Espíritu Santo, puede ser transformado a la imagen de Cristo."
Romanos 9:21Aunque la autoría precisa de este cántico a menudo se pierde en el tiempo, su mensaje atemporal refleja una profunda búsqueda de santidad que ha caracterizado a los discípulos de Cristo a lo largo de los siglos. Se percibe en él el anhelo de una vida completamente dedicada a Dios, un deseo de ser purificado de toda imperfección y de ser utilizado para los propósitos divinos. Este himno, con su sencillez y sinceridad, invita a una introspección honesta y a una rendición incondicional al Señor.
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