Hubo quien por mis culpas muriera
en la cruz, aún indigno (a) y
vil como soy. Soy feliz, pues
su sangre vertió mi Jesús, y
con ella mis culpas borró.
Mis pecados llevó en la cruz,
do murió el sublime, el tierno
Jesús. Los desprecios sufrió
y mi alma salvó; El cambió
mis tinieblas en luz.
El es tierno y amante cual nadie
lo fue, pues convierte al infiel
corazón, Y por esa paciencia
y ternura yo sé que soy
libre de condenación.
Mis pecados llevó en la cruz,
do murió el sublime, el tierno
Jesús. Los desprecios sufrió
y mi alma salvó; El cambió
mis tinieblas en luz.
Es mi anhelo constante a Cristo
seguir: mi camino su ejemplo
marcó. Y por darme la vida
El quiso morir; en su
cruz mi pecado clavó.
Mis pecados llevó en la cruz,
do murió el sublime, el tierno
Jesús. Los desprecios sufrió
y mi alma salvó; El cambió
mis tinieblas en luz.
La obra de Cristo en la cruz no es simplemente un evento histórico, sino el fundamento de toda esperanza y seguridad para el alma. Su sacrificio perfecto satisface la justa ira de Dios contra el pecado, ofreciendo un perdón completo e incondicional a quienes se arrepienten y creen. Esta verdad libera del temor a la condenación y capacita para vivir una vida de gratitud y servicio a Dios.
"El canto refleja profundamente la verdad expresada en 1 Pedro 2:24, 'Él mismo llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre la cruz, para que, habiendo muerto al pecado, vivamos a la justicia'. Esta escritura ilumina la esencia del sacrificio de Jesús, no como una mera ejecución, sino como una carga deliberada de la iniquidad humana. La cruz se convierte en el lugar de la expiación, donde la justicia divina se satisface y la posibilidad de una vida nueva en rectitud se abre para cada creyente."
1 Pedro 2:24Aunque la autoría precisa de este himno a menudo se pierde en el tiempo, su mensaje central se alinea con la profunda convicción que impulsó a los primeros discípulos de Cristo. Ellos, testigos del sacrificio en la cruz y de la resurrección, proclamaron con fervor la buena nueva del perdón y la vida eterna. Este canto, como muchos otros de la tradición, busca transmitir esa misma experiencia transformadora, invitando a cada persona a reconocer su indignidad y a abrazar la gracia redentora de Dios.
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