¡Majestad! excelsa majestad!
Tributadle la gloria y el
honor; ¡Majestad! Por siempre
ensalzad al Salvador,
digno Señor, el Vencedor.
Alabad, engrandeced su santo
nombre. Adorad, magnificad al
gran Redentor. ¡Majestad! la
gloria celebrad del Salvador,
Cristo Jesús, Rey y Señor.
¡Majestad, divina majestad!
Dios eterno es Jesucristo el
Señor; ¡Majestad! De su poder
cantad; Él es creador,
Sustentador, Gobernador.
Alabad, engrandeced su santo
nombre, Adorad, magnificad al
gran Redentor. ¡Majestad! La
gloria celebrad Del Salvador,
Cristo Jesús, Rey y Señor.
Majestad, eterna Majestad.
Al que era, que es y siempre
será! Majestad! Su triunfo
proclamad; pronto vendrá,
nos llevará y reinará.
Alabad, engrandeced su santo
nombre, adorad, magnificad al
gran Redentor. Majestad! La
gloria celebrad del Salvador,
Cristo Jesús, Rey y Señor.
La esencia de este himno radica en la afirmación de la soberanía absoluta de Jesucristo. Él es el creador, sustentador y gobernador del universo, el Dios eterno manifestado en carne. La adoración no es un acto opcional, sino una respuesta natural a la revelación de su majestad. Al exaltar a Cristo, reconocemos nuestra propia dependencia de Él y nos sometemos a su voluntad, encontrando paz y propósito en su reino.
"El espíritu de este cántico encuentra eco en Apocalipsis 5:12-13, donde se proclama: 'digno es el Cordero que fue inmolado de recibir el poder, y la riqueza, y la sabiduría, y la fortaleza, y la honra, y la gloria, y la alabanza'. La exaltación del Salvador como Rey y Señor, el Vencedor, se alinea directamente con esta visión celestial, reconociendo su completa autoridad y el sacrificio redentor que lo hace digno de toda adoración. La majestad que se celebra en el himno no es simplemente un atributo, sino la manifestación visible de su victoria y reinado eterno."
Apocalipsis 5:12-13Aunque la autoría exacta de 'Majestad' es incierta, su mensaje ha trascendido generaciones, arraigándose profundamente en la experiencia colectiva de aquellos que buscan honrar a Dios. Se cree que surgió en un contexto de profunda reverencia y anhelo por expresar la grandeza inefable del Salvador. El cántico no se centra en un evento histórico específico, sino en la proclamación atemporal de la majestad divina, invitando a cada corazón a unirse en la alabanza y la adoración. Su perdurable popularidad testimonia la necesidad universal de reconocer y celebrar la grandeza de Dios.
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