Que mi vida entera esté
consagrada a ti Señor. Que
a mis manos pueda guiar
el impulso de tu amor.
Lávame en tu sangre, Oh
Señor!, límpiame de toda
mi maldad; traigo a ti
mi vida, para ser Señor,
tuya por la eternidad.
Que mis pies tan sólo en pos
de lo santo puedan ir. Y
que a ti, Señor mi voz se
complazca en bendecir.
Lávame en tu sangre, Oh
Señor!, límpiame de toda
mi maldad; traigo a ti
mi vida, para ser Señor,
tuya por la eternidad.
Que mis labios al hablar
hablen sólo de tu Amor.
Que mis bienes ocultar no
los pueda a ti, Señor.
Lávame en tu sangre, Oh
Señor!, límpiame de toda
mi maldad; traigo a ti
mi vida, para ser Señor,
tuya por la eternidad.
Que mi cuerpo todo esté
consagrado a tu Loor. Y
mi mente y su poder sean
usados en tu Honor.
Lávame en tu sangre, Oh
Señor!, límpiame de toda
mi maldad; traigo a ti
mi vida, para ser Señor,
tuya por la eternidad.
Toma, Oh Dios! mi voluntad y
hazla tuya nada más. Toma,
Oh sí! mi corazón y tu
Trono en el tendrás.
Lávame en tu sangre, Oh
Señor!, límpiame de toda
mi maldad; traigo a ti
mi vida, para ser Señor,
tuya por la eternidad.
La verdadera adoración se manifiesta en una vida entregada. No es simplemente un acto ritual, sino una transformación interna que impulsa a una obediencia sincera y a un servicio desinteresado. La sangre de Cristo no solo perdona, sino que también empodera para vivir una vida santa, guiada por el amor y el impulso del Espíritu Santo. La consagración completa es la respuesta natural de un corazón agradecido por la redención.
"El anhelo de purificación expresado en el cántico encuentra eco en 1 Juan 1:7, donde se afirma 'mas si andamos en la luz, como él está en la luz, tenemos comunión unos con otros, y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado'. Este versículo ilumina la confianza en el sacrificio expiatorio de Cristo como la base para la limpieza espiritual y la renovación que el himno suplica, permitiendo una relación íntima con Dios basada en la purificación y el perdón."
1 Juan 1:7Este cántico, aunque su autoría específica a menudo se pierde en el tiempo, refleja el profundo deseo de entrega total a Dios que caracterizó a muchos de los primeros discípulos de Cristo. Surge de un corazón contrito que reconoce la necesidad de la gracia divina y busca una vida transformada por el poder del Evangelio. Es una expresión de la búsqueda de santidad y la aspiración a vivir una vida que agrade a Dios, un anhelo presente en cada generación de creyentes.
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