La verdad recibida reúne al anciano y a sus destinatarios en el amor
La carta comienza con una relación de cuidado fundada en el evangelio y compartida por quienes lo conocen.
Explicación del versículo
El remitente se presenta como «el anciano», una designación que sus lectores podían reconocer sin que añadiera su nombre. Se dirige a la señora elegida y a sus hijos, y afirma que los ama en la verdad. Su afecto no es una relación privada que reclame exclusividad. También participan de ese amor quienes han conocido la verdad. Desde el saludo, la carta mantiene unidas la fidelidad al mensaje y la comunión que produce.
La identidad de la señora admite dos lecturas principales: una mujer creyente con sus hijos, o una comunidad presentada como señora y sus miembros como hijos. La despedida, que menciona a una hermana elegida y a sus hijos, permite la segunda lectura sin volver imposible la primera. El escrito no da un nombre ni una ciudad que eliminen la incertidumbre. En ambas lecturas, los destinatarios son llamados a una fidelidad compartida a Jesucristo.
Anciano, elegida y verdad
ὁ πρεσβύτερος —ho presbýteros— significa «el anciano» y expresa una identidad de autoridad y cuidado reconocida. ἐκλεκτῇ κυρίᾳ —eklektêi kyríāi— es «a la señora elegida». No es necesario convertir esas palabras en un nombre propio. ἐν ἀληθείᾳ —en alētheíāi— significa «en la verdad»: el amor se sitúa dentro de la realidad del evangelio, no al margen de lo que se confiesa acerca del Hijo.
La comunión tiene su fundamento en Cristo
1 Juan 1:3 une la comunión entre creyentes con la comunión con el Padre y su Hijo Jesucristo. 1 Juan 3:23 reúne creer en el Hijo y amarnos unos a otros. Estas referencias ayudan a recibir el saludo como algo más que cortesía. La gracia del único Salvador forma una relación de verdad y amor que no pertenece en exclusiva a un dirigente o a una comunidad.
Aplicación editorial
Al recibir o enseñar la fe, procura que la verdad acerca de Jesús fortalezca el amor en lugar de convertirse en un motivo de superioridad. Puedes apreciar una relación pastoral sin hacer de ella la base de tu salvación. Agradece al Padre la familia que reúne en su Hijo y busca un trato que exprese esa pertenencia. El Espíritu Santo nos guía a una comunión fiel, capaz de cuidar y de discernir.