Un manantial abierto para limpiar
El mismo pueblo que hace duelo recibe ahora una promesa de purificación que no puede producir por sus propias lágrimas.
Explicación del versículo
«Aquel día» mantiene la continuidad con el capítulo anterior. La casa de David y los habitantes de Jerusalén son los mismos destinatarios del derramamiento de gracia de 12:10. Dios no los deja encerrados en reconocer el mal: abre una fuente para tratarlo.
El hebreo מָקוֹר נִפְתָּח, maqor niftah, «manantial abierto», expresa una provisión disponible. La imagen une abundancia de agua y limpieza. No obliga a identificar una fuente geográfica de propiedades mágicas ni a añadir un rito que el versículo no manda realizar.
Pecado e impureza abarcan la necesidad moral y la condición incompatible con la presencia santa. La restauración no consiste únicamente en sentir alivio. El Señor remueve lo que había dañado la relación y prepara una comunidad libre de idolatría y engaño.
La relación con Jesucristo es iluminada por 1 Juan 1:7–9: su sangre limpia del pecado, y Dios perdona y limpia a quienes confiesan. El texto no convierte el agua en una equivalencia física de la sangre; ambas imágenes deben entenderse por la obra salvadora que anuncian o explican. El perdón se recibe por gracia mediante la fe en el Hijo, y produce una vida en la luz. La intensidad del duelo no sustituye al Salvador ni paga la limpieza que solo Dios proporciona.