El cielo atribuye la salvación y la gloria a Dios
La caída de Babilonia recibe una respuesta de alabanza centrada en el Señor que salva y hace justicia.
Explicación del versículo
Después del anuncio de la ruina de la ciudad, Juan oye como la voz fuerte de una gran multitud en el cielo. El cambio de voces es decisivo. Reyes, comerciantes y navegantes habían lamentado la pérdida de riqueza; el cielo reconoce ahora a Dios como fuente de salvación, gloria y poder. El mismo acontecimiento es valorado desde la justicia y no desde la ventaja económica desaparecida.
La multitud dice «nuestro Dios». La alabanza expresa una relación de pertenencia y gratitud, no una contemplación distante de una fuerza destructora. Su salvación comprende el rescate de los suyos y la victoria sobre el mal que los amenazaba. El versículo siguiente explicará el motivo del canto: los juicios del Señor son verdaderos y justos.
La gloria y el poder le pertenecen a Dios. Babilonia los había utilizado para exaltarse, y la bestia había reclamado adoración mediante su fuerza. La confesión celestial devuelve el reconocimiento a su destinatario legítimo. La respuesta no celebra la autosuficiencia de los vencedores humanos; reconoce una obra divina que ellos reciben.
El sentido de «aleluya»
Ἁλληλουϊά —Hallēlouïá— conserva en griego una expresión hebrea que significa «Alaben a Jah», es decir, «Alaben al Señor». Es una invitación a honrar a Dios por quien es y por sus obras. Salmos 150:1–2 une también la alabanza a su majestad y a sus hechos poderosos.
La salvación tiene su centro en el Cordero
Apocalipsis 7:9–10 presenta a una multitud de todos los pueblos atribuyendo la salvación a Dios y al Cordero. Apocalipsis 5:9–10 explica que Jesucristo compró a su pueblo mediante su sangre. La alabanza del cielo no sustituye esa gracia por un mérito de los perseguidos. El Señor que los rescata es también quien pone fin a la pretensión de sus enemigos.
Aplicación editorial
Al dar gracias, dirige tu mirada al Padre y a la obra de Jesucristo antes de concentrarte en tus propios logros. Puedes reconocer la ayuda recibida y celebrar la justicia sin convertir la derrota ajena en orgullo.