La mirada puesta en Jesús
Quienes han sido llamados por Dios deben considerar atentamente a Jesús. Él es el enviado del Padre y el sumo sacerdote que representa a su pueblo ante Dios.
Explicación del versículo
«Por tanto» recoge la conclusión del capítulo anterior. Jesús se hizo semejante a sus hermanos, expió los pecados y puede socorrer a quienes padecen tentación. La respuesta apropiada consiste en mirarlo con atención. El autor no comienza esta nueva exhortación exigiendo que los creyentes encuentren dentro de sí una seguridad independiente. Los dirige al Salvador que acaba de presentar y cuya fidelidad desarrollará en comparación con Moisés.
«Hermanos santos» expresa la identidad de la comunidad a la luz de la obra de Cristo. En Hebreos 2:11 él es quien santifica y reconoce a los santificados como hermanos. El término no reserva la exhortación para una élite de creyentes ni afirma que sus destinatarios sean incapaces de pecar. Son personas apartadas para Dios, llamadas a vivir conforme a la relación que han recibido. Precisamente por eso necesitan escuchar las advertencias y el ánimo de la carta.
Son también «participantes del llamamiento celestial». La iniciativa viene de Dios y su destino supera las seguridades de la vida presente. El llamamiento los reúne para participar de la salvación y de la gloria hacia la que el Hijo conduce a su pueblo. Esta pertenencia recibida no los invita a despreciar sus responsabilidades en la tierra; da una orientación firme para vivirlas. La exhortación se dirige a personas que deben responder con perseverancia a lo que Dios les ha concedido.
«Consideren a Jesús» pide una atención sostenida a su persona y su obra. El mandato prepara el examen de su fidelidad, su dignidad de Hijo y su autoridad sobre la casa de Dios. No consiste en imaginar detalles que la Escritura no revela ni en buscar una experiencia separada de su palabra. La carta proporciona el contenido de esa consideración: el Señor que Dios ha enviado es suficiente para sostener la confesión y la esperanza de los creyentes.
El título «apóstol» lo presenta como el enviado de Dios. Juan 20:21 distingue el envío de Jesús por el Padre y el posterior envío de sus discípulos por él. Aquí no se lo incluye simplemente entre los Doce: se destaca su misión singular de dar a conocer a Dios y realizar su salvación. Como «sumo sacerdote», además, actúa a favor de su pueblo en su relación con Dios. El que viene del Padre es también quien abre para nosotros el acceso a él.
Ambos títulos pertenecen a «nuestra confesión»: la fe que la comunidad reconoce y sostiene tiene a Jesús como centro. Conocer su identidad y depender de su ministerio no son asuntos reservados a especialistas. Son el fundamento de la perseverancia cristiana. Cuando el argumento avance hacia las advertencias contra la incredulidad, esta orientación seguirá en pie: la respuesta nace de atender al Hijo fiel, quien ha realizado el rescate y continúa auxiliando a sus hermanos.
Exégesis del pasaje
κατανοήσατε (katanoḗsate, «consideren atentamente») exige observar y comprender, no una mirada pasajera. ἀπόστολον (apóstolon, «enviado») y ἀρχιερέα (archieréa, «sumo sacerdote») se refieren a la misma persona, Jesús. Sus dos funciones reúnen la misión recibida de Dios y la representación salvadora de los creyentes.
Aplicación editorial
Cuando te sientas presionado a soltar tu confesión, vuelve a considerar quién es Jesús y qué ha hecho por ti. Atiende a su palabra y acude a su auxilio. Tu esperanza tiene un fundamento más firme que la intensidad cambiante de tus fuerzas.