Crecer sobre el fundamento de Cristo
Avanzar hacia la madurez significa desarrollar la fe recibida, sin desechar sus fundamentos ni comenzar de nuevo una y otra vez.
Explicación del versículo
«Por tanto» enlaza esta exhortación con la falta de crecimiento descrita al final del capítulo anterior. Los lectores habían tenido tiempo para aprender y ayudar a otros, pero necesitaban nuevamente la enseñanza inicial. El autor se incluye en el llamado: «avancemos». Su respuesta a la lentitud para escuchar será conducirlos a una comprensión más profunda de Jesucristo, especialmente de su sacerdocio. La madurez cristiana se reconoce en una atención perseverante a Cristo y en una vida formada por su palabra.
«Dejando la enseñanza elemental» puede sonar como una invitación a abandonar el evangelio. La imagen del fundamento aclara el sentido. Una construcción avanza porque se edifica sobre sus cimientos; arrancarlos destruiría lo que sostiene el edificio. Del mismo modo, el arrepentimiento y la fe siguen siendo indispensables. Lo que debe terminar es la necesidad de empezar siempre desde cero, como si el primer mensaje nunca hubiera arraigado. El crecimiento permite comprender mejor aquello que ya se recibió y responder con mayor fidelidad.
La primera realidad mencionada es el «arrepentimiento de obras muertas». El giro describe el abandono de obras vinculadas con la muerte y carentes de poder para dar vida delante de Dios. Más adelante, la carta afirmará que la sangre de Cristo purifica la conciencia de esas obras para servir al Dios vivo. Esa relación impide reducir el arrepentimiento a una mejora exterior: necesitamos la limpieza que solo Jesucristo puede dar y una verdadera reorientación de nuestra vida hacia Dios (Hebreos 9:13–14).
La segunda realidad es la «fe en Dios». Arrepentimiento y fe se complementan: apartarse del pecado y apoyarse en Dios son dimensiones de la respuesta a su gracia. En Hechos, Pablo reúne el arrepentimiento para con Dios y la fe en nuestro Señor Jesús. Hebreos tampoco propone una confianza religiosa que permita prescindir del Hijo; toda su enseñanza presenta a Jesús como quien nos acerca al Padre y salva a quienes vienen a Dios por medio de él (Hechos 20:20–21; Hebreos 7:25).
La «madurez» retoma la descripción de los lectores ejercitados para distinguir el bien y el mal. Comprende entendimiento, discernimiento y obediencia; conocer explicaciones difíciles sin dejarse corregir por ellas no satisface este llamado. Tampoco se trata de alcanzar una condición impecable o de descubrir una doctrina secreta reservada para una élite. El autor quiere que la comunidad entera deje la pasividad y reciba el alimento que necesita para perseverar (Hebreos 5:11–14).
El fundamento sigue siendo don de Dios. Jesús limpia y sostiene; nuestras obras no compran la vida que él concede. Precisamente por eso crecer importa: una fe viva no trata la gracia como excusa para permanecer inmóvil. El conocimiento del Salvador debe profundizar la confianza en él, la libertad para acercarnos al Padre y la disposición a servirle.
Exégesis del pasaje
τελειότητα (teleiótēta) expresa aquí «madurez», conforme al contraste entre niños y maduros de 5:13–14. φερώμεθα (pherṓmetha), «avancemos» o «seamos llevados adelante», introduce una exhortación compartida. Su forma no convierte a los lectores en espectadores: deben escuchar y responder, reconociendo, como precisará el versículo 3, su dependencia de Dios. La lista del fundamento continúa en el versículo siguiente.