Una ciudad restaurada para la presencia de Dios
Sion recibe un llamado a dejar la condición de cautiva y recuperar su dignidad. Las vestiduras hermosas y la exclusión de lo impuro expresan la santidad de la restauración prometida.
Explicación del versículo
El doble llamado a despertar continúa el de Isaías 51:17. Jerusalén ya ha oído que el Señor retirará de su mano la copa del juicio. Ahora se le pide vestir fuerza y hermosura. La respuesta de la ciudad se apoya en la acción de su Redentor; no se le exige producir de manera independiente la capacidad que le faltaba.
Las vestiduras cambian la imagen del abatimiento. La que había estado aturdida y humillada es presentada como ciudad que recupera honra. «Ciudad santa» identifica su pertenencia a Dios y la finalidad de su vida restaurada. La belleza no se reduce a prosperidad visible: debe corresponder a una comunidad donde el Señor es reconocido.
La promesa acerca del incircunciso y el impuro contrasta con las invasiones y la profanación sufridas. La ciudad no quedará perpetuamente entregada a quienes pisotean su relación con Dios. La seguridad anunciada incluye santidad, de modo que el rescate no pueda entenderse como permiso para repetir sin consecuencias la rebelión anterior.
Los términos pertenecen al lenguaje del pacto y de la pureza. No autorizan a declarar que toda persona de otra procedencia sea incapaz de conocer al Señor. El mismo libro anunciará la acogida de extranjeros unidos a Jehová y el servicio del siervo hacia muchas naciones. La distinción decisiva no puede reducirse a una superioridad étnica de quienes habitan Jerusalén.
«Nunca más» presenta la firmeza y plenitud de la restauración. Su horizonte supera la simple ausencia momentánea de un ejército enemigo. La esperanza de Sion reúne presencia de Dios, santidad y seguridad duradera. La ciudad histórica recibe la promesa, mientras el conjunto de la Escritura desarrolla su cumplimiento pleno en la vida del pueblo redimido.
Texto original y continuidad del libro
עָרֵל (arél), «incircunciso», y טָמֵא (tamé), «impuro», expresan aquí la incompatibilidad de la profanación con la ciudad santa. Isaías 56:3–8 impide convertir esa santidad en rechazo absoluto de los extranjeros: Dios reúne a quienes se unen a él y llama a su casa lugar de oración para todos los pueblos.
La comunidad reconciliada por Jesucristo
Efesios 2:11–22 muestra a judíos y gentiles acercados por la sangre de Cristo, con acceso al Padre en un mismo Espíritu. La gracia forma una morada santa, no una comunidad definida por despreciar otros pueblos. Apocalipsis 21:22–27 presenta la ciudad donde caminan las naciones y nada impuro entra, bajo la gloria de Dios y del Cordero. Jesucristo es el fundamento de esa pertenencia y de esa pureza.