Toda la tierra pertenece a Jehová
El canto de entrada ante el Rey de gloria comienza con su dominio universal. El mundo y sus habitantes pertenecen al Señor antes de que el poema pregunte quién puede acercarse a su lugar santo.
Explicación del versículo
«De Jehová» ocupa el primer lugar y determina la afirmación completa. La tierra no es una posesión independiente que sus habitantes puedan entregar después a Dios. Ya le pertenece, junto con todo lo que contiene.
La segunda línea añade el mundo habitado y las personas que viven en él. La autoridad de Jehová no se limita al santuario ni a quienes reconocen conscientemente su nombre. Ninguna nación queda fuera de su dominio como Creador.
La pertenencia de todas las cosas a Dios no las convierte en partes de su ser. El Señor se distingue de la creación que le pertenece. Este reconocimiento permite recibir sus dones sin adorar a las criaturas ni atribuirles autonomía divina.
Pablo cita expresamente esta afirmación en 1 Corintios 10:23–31 al tratar sobre los alimentos, la conciencia y el bien del prójimo. La creación pertenece al Señor y puede recibirse con gratitud, mientras el uso de la libertad debe buscar su gloria y cuidar a los demás.
Colosenses 1:15–20 enseña que todas las cosas fueron creadas por medio del Hijo y para él, y que en él se mantienen. Jesucristo no es un poder menor dentro de un universo ajeno: el Salvador crucificado y resucitado es Señor de toda la creación.
Vivir ante este Dios nos llama a administrar con gratitud lo que recibimos y a tratar con dignidad a las personas. El trabajo, los recursos y las relaciones están dentro de nuestra responsabilidad delante del Señor; no existe una esfera cotidiana donde su autoridad deje de importar.
Texto original y amplitud
וּמְלוֹאָהּ, umeloáh, significa «y todo lo que la llena», referido a la tierra. תֵּבֵל, tevel, presenta el mundo habitado. El paralelismo incluye tanto el ámbito creado como a quienes viven en él.
Exégesis del pasaje
La afirmación universal prepara el acceso al santuario y la entrada del Rey. Aquel cuya presencia se honra en el lugar santo no es un dios local: es el dueño de toda la tierra. Esa grandeza hace más seria la pregunta sobre quién puede estar delante de él.